2015/2016

Instalación inmersiva
Objeto | Tyvek, madera
Arduino, circuladores de aire
Sonido
dimensiones variables

2016
Czapski Palace, Varsovia | PL

2016
Count Raczynski Building Gallery Space, Varsovia | PL

2016
Interdisciplinary Art Festival
Linen Industry Museum, Zyrardow | PL

Inestabilidad fronteriza 


Basta intentarlo una vez: señalar con el dedo el punto exacto donde termina la tela blanca y empieza el aire de la sala. El dedo siempre llega tarde. Para cuando se acerca, la superficie ya se ha hinchado un poco más, o ya ha empezado a caer; el borde que se quiso señalar ya no es el borde que hay ahora. No es un problema de torpeza ni de mala luz: es que ese borde, estrictamente, no espera a nadie.

Algo parecido observó Wittgenstein a propósito de las palabras, no de los objetos. Los conceptos, escribió, tienen los bordes difuminados, como una mancha de color que se funde en otra sin que exista el punto preciso donde una termina y la otra comienza.

Esta pieza no esconde un contorno verdadero que un dedo más rápido pudiera atrapar. Su forma no existe antes de que la miremos: se sostiene, instante a instante, entre un pliegue y el siguiente, entre esta hinchazón y la próxima caída —nunca por una silueta fija que la resuma. 

Sube. Baja. Vuelve a subir. El ciclo no tiene descanso ni forma final: cada hinchazón es la promesa de un límite estable, y cada caída, la prueba de que esa promesa no se sostiene. Un muro dibujado una sola vez y nunca vuelto a mirar miente sobre lo que en verdad es un cuerpo: humano, político, planetario. Esta piel que tiembla en el centro de la sala, en cambio, no deja de confesar, hinchazón tras hinchazón, que no tener un borde fijo podría ser la descripción más honesta de lo que somos.

¿Toleraríamos que un territorio, que uno mismo, se describiera como se describe este objeto: no por un contorno permanente, sino por una estado de formas pasajeras que se parecen entre sí sin repetirse nunca del todo?


El blanco, a primera vista es una superficie sin historia, sin mancha, sin conflicto. Es la misma promesa que hace cualquier definición cuando busca una esencia única, algo que todos los casos compartan sin excepción. Pero basta mirar un segundo más para que la promesa se desarme: no hay dos hinchazones idénticas, ningún pliegue se repite exactamente, la superficie tiembla, se arruga, se cae. 

La forma ocupa, atraviesa, redefine. No hay línea. No hay límite. 
Oscilación mínima. Variación perpetua. La delgadez extrema revela la fragilidad de lo que creemos estable. 

Un cuerpo blanco late en el centro del espacio. Su frontera se expande y se contrae, se dibuja y se desdibuja, en un ciclo interminable de inflación y colapso. Lo que parecía sólido se revela como piel: una epidermis porosa que no sabe si pertenece al adentro o al afuera.

La tensión no es aquí un accidente, sino la condición fundamental de lo vivo. Cada hinchazón anuncia la ilusión de un límite estable; cada desinflar, la evidencia de su imposibilidad. El objeto se convierte en organismo especulativo que recuerda que todo cuerpo —humano, político, planetario— se constituye desde la inestabilidad de su propio contorno.

Habitar este espacio es reconocer que toda frontera pulsa. Que los muros respiran. Que las divisiones que creemos firmes son solo momentos de un movimiento más amplio que nunca se detiene. 

Pareciera que todo límite es ficción temporal sostenida por la energía. 








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